2.20.2012

El señor del gato.

Había una vez un señor que iba en su carro muy plácidamente, digamos, a Mérida. A la mitad del camino, al señor se le espichó un caucho. Cuando fue a buscar un gato para cambiar el caucho por el de repuesto, descubrió, no sin mentar unas cuantas madres, que lo había olvidado.

El señor, arrecho, con sueño y con ganas de sentarse a mentar madres y punto, se percató que a lo lejos había una luz que parecía de una casa/hotel/posada. Se esperanzó y comenzó a caminar en dirección a la luz, pensando en conseguir un gato, poder arreglar su automóvil y llegar a Mérida de una buena vez.

- Ojalá tengan un gato, y me lo presten, así llegaré a Mérida pronto y dormiré tranquilo y feliz -Pensó- Pero y si... ¿no tienen carro, y por ende, no tienen gato? ¿Y si tienen carro, pero no tienen gato, o se les dañó, o se les perdió? ¿y si tienen carro, y gato, pero no quieren prestármelo?... ¿Qué hay si no me abren la puerta? ¿O si creen que voy a robarlos? - Y así continuó la retahíla hasta llegar a la puerta de la humilde casa con las luces encendidas. Tocó la puerta y se alejó receloso.

- Si, buenas noches, ¿qué.... - -¿Sabes qué? Vas y te metes tu gato por donde no te pegue el sol. ADIÓS!

No sean el señor del gato. De pana. No está bien. Yo lo soy right now, y estoy fighting it. Nadie debe ser el señor del gato. Nunca.

2.13.2012

El blog del hueco.

Eso es este espacio: el blog del hueco. El único sitio que aunque vengan 100 personas a leer lo que dice, es mío. El único sitio donde está bien admitir la presencia del hueco y cuándo estoy dentro de él.

A mí me está cambiando la vida. De las primarias para abajo. Me están pasando cosas nuevas, cosas mejores, cosas que me están haciendo, y me van a hacer feliz por un rato largo. A mí, definitivamente, me está cambiando la vida, y tú no estás aquí para verlo. O peor, estás, pero no me estás mirando. Y ése, right now, es mi hueco. El peor de mis problemas es que no sé si cuando decidas darte la vuelta y fijarte, cuando voltees y te enamores, siga yo aquí, mirándote y esperando que me mires de vuelta.

Me está cambiando la vida, eres el único que dejé que lo viera, y decidiste no mirar. Qué bolas tiene el destino. Qué bolas!

10.24.2011

El circo del despecho.

Todos hemos estado despechados. A todos nos han dejado. Nos ha maleteado el hombre que consideramos Prince Charming meets Mark Sloan. Todos hemos tenido que despertar al día siguiente y comenzar el proceso de levantarnos y continuar con el resto de nuestras vidas. Sin embargo, hay quien cree que puede sostenerse a ese pedacito de vida entre el soy y no soy. Donde no dejan de ser el "ex de". Donde se quieren quedar porque es más cómodo y duele menos (o eso creo yo, al menos).

Yo he llorado. Yo he gritado canciones en medio de peas lloronas demasiado vergonzosas para ser recordadas. Yo he jalado muchísimo mecate. Metros y metros de mecate. Me he pintado el cabello de Rojo Vieja zorra. Yo me he despechado de verdad. Porque sí, chico. Porque es válido. Porque duele. Lo que no considero válido bajo ninguna circunstancia es el circo del despecho. Andar por ahí dando lástima, o haciendo de la tristeza de uno un show constante para la diversión de todos los demás. Me molesta sobremanera que a la gente se le olvida que SÍ HAY vida después del despecho, que vamos que tener que mirar a los ojos que nos vieron hacer de nosotros un coleto y mostrarnos por ahí. Hay que saber quererse. Hay que saber asumirse, maleteado o no.

La única relación que debe ser mantenida todo los días de la vida es la que tenemos con nosotros mismos, porque al final del día, es la única que tenemos que mantener para siempre. So, here I go. ¿Cómo podemos vernos al espejo después de haber hecho el ridículo por un hombrecito de 15 y último que no nos quiso más? ¿Cómo le decimos a la que nos está devolviendo la mirada al otro lado cualquier cosa? ¿Cómo nos disculpamos? No hay derecho, y no hay justificación.

Una buena botella, una buena amiga y un buen cd son la mejor cura, amiga. Dile no al circo del despecho.

9.14.2011

Marianne.

La del nombre francés. Estético. Delicado. Nadie se enteró nunca que su mamá lo vio en una foto en la billetera del musiú que se vestía ágilmente frente a ella, y que demostró su fuerza cuando lo repitió en voz alta. Marianne. Así se llamará nuestra hija. Allí probó el poder del nombre de su retoño en los ojos aterrorizados de aquel francés infiel.

Al final resulta que a la vida no le importa si tu nombre es fuerte o poderoso. Si naciste para pececito, ni queriendo te conviertes en tiburón. Marianne era la adolescente precoz que quería ser mujer sin saber cómo. Y por allí la veían, con las ideas cada vez más oscuras y la falda cada vez más corta. Marianne fue pasando sus días y dejando a sus hombres. Ella definitivamente quería ser la inolvidable. La eterna.

22 años después volvió el francés. Desorientado. Alcohólico. Un retazo de hombre. Quería encontrar a su hija ilícita. Prohibida. La única Marianne que le quedaba después del trágico accidente que se llevó a su mujer. Lloraba de tan solo recordarlo. El dolor en sus ojos no le permitía ver más allá.

Literalmente. No podía ver más allá. Un golpe seco y una menuda mujer voló por los aires hasta caer en el suelo. Un hilo de sangre corriendo por entre la comisura de sus labios cuidadosamente pintados de carmesí, como si la vida la hubiese dejado combinada para la ocasión.

Un amor fugaz que dio fruto a una vida fugaz. Y qué manera tan fugaz de terminar.

9.13.2011

Recuento corto de días demasiado largos.

Hace días que no estoy triste de verdad. De esa tristeza que te agarra el corazón y te lo estruja hasta dejarlo en el piso. Pero en realidad lo estoy. Tengo tristeza estancada. Sueños malqueridos. Sonrisas muertas de miedo. Descubrí que no te quería. Ni a ti ni al de mi cabeza. Jugamos a ponernos. No logré ponerme nunca. Me obligué a conocer a la del espejo. Creo que le tengo cariño. Lo extrañé. Muchísimo. Nombré al innombrable. No dolió. Me acordé de lo bonito. Sonreí. Aprendí. Me aferré. Me solté. Me aferré otra vez. Engordé. Bajé de peso. Me dieron ganas de comerme al mundo. Me dio indigestión. Vi el mundo en la tranquilidad de una playa casi desierta. En un páramo feliz. En una carretera llena de flores. Vi al mundo moverse, independientemente de todo lo demás. Perdoné. Me dolió que no me pidieran perdón. Escribí "fin" en el cuento. Eso dolió más. Las segundas partes nunca son buenas anyways. A menos que sea Toy Story 2. O el Ken y yo. Me costó entenderlo. Entenderlas. Entenderme. Me sentí sola. Y luego más sola. Conseguí una escalera. Me levanté. Busqué. Quise. Quiero. Tengo la esperanza de mañana. Y de pasado. Y del día después. Quiero a la del espejo. Y creo que ella me quiere a mí.

9.01.2011

Como te lo canta Luismi.

Luismi, tan lindo él, canta una canción que parece que me la hizo a mí. O bueno, a mí o a cualquier bolsa que le encante jugar al papelón de ser la todo en uno, pero que no es un carrizo. La que abusa de conformista, o de insegura, o de sabrá Dios qué, por quién sabe qué, al lado de un fulano que al final no es el que es. ¿Ya sabes cuál es? Sí, yo sé. Porque al final toditas hemos sido ella.

Ella. Que te soy yo y un montón allá afuera. Ella que sinceramente no puede estar siempre, ni ser siempre. No debe, al menos, porque esa es una falta de respeto hasta con uno. ¿O no se han dado cuenta que uno no está siempre ni para uno mismo? A veces nos damos la espalda a nosotras mismas. Entonces, ¿cómo es posible estar hasta el cansancio para alguien más si no somos capaces de hacerlo con la que vemos al espejo todos los días?. La solidaridad, como tantísimas cosas en esta vida, empieza en la casa.

Lo desesperante del papel de la que te es amiga, mamá, novia, hermana, paño de lágrimas, secretaria, enfermera y maestra, es que por lo general termina uno con el chi escoñetado. Nada ecuménica, cero ying-yang, cero paz. Y aún peor, que el fulano se le termina yendo a uno con otra, más linda (o no), más sencilla y que no se cala nada de lo que uno te tiene toda la vida pasando. Una que es la legal, la novia y ya. Una que, con todo el dolor de mi alma tengo que recordarte, no te es uno.

Uno solamente tiene, puede y debe ser incondicional con la del espejo. Con esta que está aquí, que no se muda ni que la boten. Solo a ésa podemos deberle respeto, cariño y compresión toditica la vida. Y bueno, a la mamá de uno, porque tú me dirás si no.

8.15.2011

Tanta culpa tiene el que mata la vaca como el que le agarra la pata.

Hace meses leí un libro que se llama "Los verdugos voluntarios de Hitler". Interesantísimo, btw. En pocas palabras, habla de cómo el pueblo alemán estaba preparada y dispuesta de una forma donde solo alguien con el resentimiento social de Hitler, podía ser quien llevara las riendas. Es decir, Hitler no llevó al pueblo alemán de la mano con sus atrocidades, sino que fue la herramienta del pueblo de encausar lo que pasaba en la sociedad.

Y bueno, a qué viene esto? Como dice el título, viene precisamente a que tanta culpa tiene el que mata la vaca como el que le alza la pata. Culpa como la de Hitler, como la de los alemanes. Culpa de Chávez. Culpa también del ridículo profesor de la unviersidad que se levanta frente a 56 personas a decir que él viene de abajo, no como los "riquitos de La Lagunita". Que él anda en Metro. Culpa mía, también, que estaba a punto de levantarme y decirle que qué carajo quería él que yo hiciera con eso. La cosa es que me enerva, me saca de quicio tanto resentimiento. Yo no nací forrada en Chanel, y lo que he tenido desde pequeña mis papás se han sudado bastante para que así sea. Ahora, incluso, lo poco o mucho que he conseguido no ha sido echándome aire en el cuello precisamente.

Me molesta que se reconozca el conformismo. Que aquí hay que pasar penurias? Sí, todos. La señora que agarra 4 carritos para llegar al trabajo, o yo que tengo que levantarme a las 5 para estar a las 9 en la universidad. Y? Qué carajo hay con eso? Al que no le guste que no lo haga y punto. Por qué carrizo hay que juzgar o mirar diferente al de al lado por lo que tiene o deja de tener?

Tan racista es el blanco que mira mal al negro como el negro que lo odia por ser blanco. Y me arrecha que la gente no vea eso.